Hemos trasladado este relato desde el día 14 de febrero a hoy, porque en su día pasó algo desapercibido debido a las muchas entradas que pusimos. Como el primer relato erótico que publicamos gustó mucho, aquí tenéis este otro para que los disfrutéis.
Tras el éxito del anterior relato erótico “Infieles”, hemos dado la paliza a Pey para que nos escribiera otro.
Lo hemos conseguido, a tiempo para celebrar este día de los enamorados, y estamos encantados de presentároslo:
FIELES
La vio alejarse despacio, con su caminar seguro y sensual. Vio el sol asomarse entre sus piernas y esbozó una sonrisa triste al recordarlas abrazando su cintura, sus gemidos suaves susurrándole al oído que ésta vez no parase, "si te paras, te mato". Le gustaba castigarla un poco cuando ella se ponía nerviosa de pura excitación. Ya habían pasado seis semanas desde que discutieron. La única vez. En un momento de soledad él se había quejado por no poder estar más tiempo juntos. -"Quedamos en darnos lo que pudiéramos sin compromisos. Tengo una familia y es lo primero. Y lo sabías antes de vernos". Para María, vernos era su manera de referirse a una relación, apasionada y salvaje, que ya duraba un año. -"Quiero hacer otras cosas". -"Nada te lo impide, no soy celosa ni estoy en situación de serlo". -"No me refería a eso. Otras cosas contigo". -"Esto no tiene sentido. No nos vemos para esto. No quiero sentirme mal contigo por no poder darte lo que quieres". -"Ya lo sé, pero es lo que siento, no puedo evitarlo". -"Joder, pues búscate una novia. O juega más al golf. Pero no me fastidies con chorradas". -"Son mis sentimientos, no son chorradas. Pienso en ti cuando nos separamos y me siento solo". -"Mierda" - susurró con los ojos cerrados - "Te lo dije al principio. Nada de colgarse. Siempre igual. Joder!" Lo miró fijamente y se despidió. -"Pues ya nos veremos". Y se fue sin más. Sabía que ella no tenía la culpa, pero eso no lo hacía sentirse mejor. Y sabía que, aunque la atracción que sentían era incontrolable, ella protegería a su familia por encima de todo. Como una leona. La misma leona que lo acorralaba en los ascensores de los edificios de oficinas. -"Éste tiene cinco ascensores, vamos!" Y en dos metros cuadrados y diez segundos era capaz de hacerle olvidar dónde estaba. Se dejaba llevar y obedecía sin rechistar. -"Estírate y no te muevas. Y cógete de aquí, tonto", decía riendo mientras sujetaba con fuerza mis manos contra sus pechos. Oía su respirar pesado, sus gemidos lentos y acompasados, "mmmmmmm" cuando subía, "oooooooh" cuando bajaba sobre mi cuerpo. Tenía grabados a fuego en mi memoria todos sus gestos de placer, como las llaves de entrada a su paraíso privado. -"Oh, cielo, mmmmmmmmmmmm" y un mordisco en mi oreja me devolvieron a las cuatro paredes de aluminio que me rodeaban. Ella se levantó y empezó a vestirse sin prisa mientras me miraba satisfecha. -"Oye, ¿y yo qué?" -"No te preocupes, guapo, que te compensaré. Pero a ver si te espabilas, que eres muy lento", me dijo riendo. -"Encima, no te jode!" La besé en los labios y le pellizqué el culo. -"Te vas a enterar, guapa. La próxima vez te torturaré hasta que pidas perdón". Caminando hacia casa y recordando lo ocurrido se dio cuenta de que había perdido la iniciativa y el control de sus sentimientos. Estaba sentado en un banco en los jardines de Pedralbes, tomando el sol y escuchando el canto de los pájaros. Cerró los ojos y recordó los abrazos furtivos a su lado. Las bromas al oído y las manos buscando a escondidas su cuerpo cálido bajo la blusa. Apoyó los codos en las rodillas y dejó reposar la cabeza entre sus manos. Sólo así suavizaba el dolor de cabeza que los últimos días le castigaba. Sintió un escalofrío al ocultarse el sol. Maldita nube, pensó. Al abrir los ojos vio unos zapatos de mujer que lo observaban. Pestañeó un par de veces, pero seguían allí. No los conocía y sintió tristeza por no haber perdido todavía la esperanza a pesar del paso del tiempo. Qué imbécil. Se incorporó lentamente y, a medida que su vista recorría aquel cuerpo extraño, una sonrisa se dibujaba en su rostro cansado. La miró a los ojos emocionado. -"Son nuevos". -"¿Te gustan?" -"Me gusta verlos tan cerca", le dijo sonriendo. Ella se agachó, le cogió las rodillas y él le miró el escote sin disimular. -"No tienes remedio", ella sonreía. -"El día que lo tenga, me dejarás. Y no te vuelvas a comprar unos zapatos sin mi". -"También me he comprado una blusa", le dijo, provocándolo. -"No creo que te dure mucho puesta cuando la estrenes, cielo, está castigada". Le arregló el pelo y deslizó su mano por el cuello suavemente mientras buscaba sus labios. A pesar del peligro ella no se resistió, y notó el dulce sabor a fresa del pintalabios. -"Te he echado mucho de menos", susurró ella. Siguió su rostro con sus dedos mientras la besaba y recordó las últimas palabras del primer día... -"Hazme feliz y seré tuya para siempre. Siempre". -"¡Caballero! ¡Caballero!", le gritaba una voz muy lejana. Alguien le sacudió el hombro y abrió los ojos. -"Vamos a cerrar el parque. Si no le importa...", y me señala la salida. Cabizbajo y triste, me arrastro hacia la salida dando un rodeo para disfrutar de mi último sueño. Parecía tan real..."¡Mierda!". -"Menuda cara! Claro que la segurata casi te tiene que dar con la porra para que te despertaras", le dice una voz sonriente que no conoce. Tiene ojos enormes y risueños y lo mira desafiante mientras camina a su lado hacia la salida. Es atractiva y más alta que él. Empezamos mal, piensa. Y sonríe. -"¿Un mal día?", insiste ella. -"Si yo te contara...". -"Me llamo Raquel. No tengo prisa. ¿Café?". Y salen juntos de su parque preferido, escoltados por la segurata rompesueños. Raquel, ilusionada y curiosa por saber más de él. Y él pensando en el próximo día que volverá a soñar con María en el mismo banco.
Pey
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(no es necesario registro).

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